El proyectista y la Organizacion (Capitulo 21) de Eduardo Torroja



Trascripción literal del prologo y del capítulo vigésimo primero del libro Razón y Ser de los tipos estructurales (autor: Eduardo Torroja. Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos). En él, el autor se refiere específicamente al proyectista de estructuras. Pero, perfectamente, puede aplicarse sus reflexiones a otro tipo de proyectistas (arquitectos).

Conviene leer íntegramente el texto, muy lentamente.

Prologo
Cada material tiene una personalidad específica distinta, y cada forma impone un diferente fenómeno tensional. La solución natural de un problema -arte sin artificio-,
óptima frente al conjunto de impuestos previos que le originaron, impresiona con su mensaje, satisfaciendo, al mismo tiempo, las exigencias del técnico y del artista.
El nacimiento de un conjunto estructural, resultado de un proceso creador, fusión de técnica con arte, de ingenio con estudio, de imaginación con sensibilidad, escapa del puro dominio de la lógica para entrar en las secretas fronteras de la inspiración.
Antes y por encima de todo cálculo está la idea, moldeadora del material en forma resistente, para cumplir su misión.
A esa idea va dedicado este libro.

21

En los proyectos de construcción, como en todas las obras humanas, lo fundamental es el hombre. No pudiendo darse reglas, siguiendo las cuales deba obtenerse deductivamente el tipo estructural óptimo, todo depende del criterio del proyectista más que de otra cosa alguna.

El técnico necesita poseer unas condiciones propias, innatas y perfeccionadas a lo largo de su formación humana, unos conocimientos técnicos y una educación profesional adaptados a su misión.

Educación que no hace sino comenzar en la escuela técnica; pero, que no puede ser completa en ella ni terminarse en el estudio de los libros, sino que requiere la experiencia propia para completar la formación del criterio que es la base fundamental de toda buena elección.

Y como la experiencia, al decir de Costa du Rels, “es un trofeo compuesto de todas las armas que nos han herido”, como es una larga serie de experimentos propios en la que forzosamente los éxitos son menos que los tropiezos, requiere, para seguir el camino, una voluntad firme, un tenaz espíritu de trabajo, constante a lo largo de los años, y todo ese conjunto de virtudes que constituye la vocación.

Es un error creer que, con lo estudiado, por mucho que sea, se está en condiciones de resolver eficazmente el problema estructural cuando se presente. De trazar una estructura y comprobar su resistencia, a dar con la solución óptima y proyectarla con todo el acierto con que puede hacerlo un maestro, va mucha diferencia. Eso sólo podrá venir al cabo de los años de trabajo y de especialización cuyo mantenimiento intenso requiere, ante todo, una voluntad firme.

Evidentemente, requiere también una inteligencia para discernir y una memoria para formar el archivo informativo de la intuición creadora; y requiere, tanto más que todo eso, mucho sentido común. Quién quiera dedicarse al arte de proyectar estructuras tendrá que meditar antes en esto, con buen espíritu crítico; porque , es frecuente oír decir casi con orgullo: “como yo tengo tan mala memoria …”; se encuentran otros que dicen modestamente: “yo, que no poseo más que una inteligencia mediana …”; mucho más raro es el que se atreve a confesar, desde su reducto perezoso y derrotista, y siempre con rodeos: “ es que eso requiere tanto trabajo, que la verdad …”; pero, ¿quién es el que dice: “El caso es que yo tengo tan poco sentido común …” ? Y es que cada cuál ha de juzgar el sentido común de los otros por el suyo propio, con una falta de sentido endo-crítico que bien requiere un rato de meditación de cada uno para consigo mismo.

Se necesita también imaginación creadora; imaginación que se perfecciona a lo largo de los días de trabajo, pero que tiene mucho de innato. Se requiere igualmente espíritu de observación para captar todos los detalles útiles. Con sentido observador y espíritu crítico se tienen dos armas formidables para encauzar la propia capacidad creadora.

Al decir espíritu crítico, se ha de referir, naturalmente, al deseo de encontrar continuamente las razones de lo que se ve, sus aciertos o desaciertos, como base para otros futuros enjuiciamientos, y cuyo ejercicio principal es la autocrítica; no es el deseo de criticar lo de los otros, simplemente porque no va con el hábito de ideas y con el parcial e interesado enfoque del problema de cada cuál, o porque otras pasiones, más o menos subconscientes, le impulsen a ello.

Se requiere, asimismo, mucha serenidad, mucha calma espiritual para no azorarse ni atropellarse nunca, para no tirar, perezosa o febrilmente, por el primer camino; para no embalarse, que es uno de los defectos que se tropieza con más frecuencia; sobre todo entre gente joven que, por falta de experiencia, requeriría más calma para asegurarse de la firmeza de cada paso antes de dar el siguiente.

Y esto no es aconsejar la pusilanimidad sino todo lo contrario. La serenidad es la virtud que ha de acompañar a la valentía para prestar a ésta todo su valor y eficacia. Porque, por encima de todo, tiene que estar la honestidad profesional como base radical de la postura mental frente al problema. Honestidad que obliga a un sentido de responsabilidad; no a un miedo a la responsabilidad, sino, por el contrario, al deseo de aceptarla con el honor que le acompaña. Amar la responsabilidad y servirla con todas sus consecuencias, es la más íntima satisfacción que puede sentirse en este campo creador. Quién no lo siente así, será mejor que se dedique a otra cosa.

En definitiva, el técnico, en su trabajo estructural, lucha con las fuerzas de la Naturaleza y ha de reconocer la nobleza y la lógica aplastante con que se comporta este enemigo. Hay que saludarle caballerosamente antes de entrar en la lid, y lanzarse a ella con espíritu deportivo, aceptando de antemano todas las posibles consecuencias del juego, que tiene sus reglas, juntamente con sus posibilidades de iniciativa, como todos los juegos.

Entre las muchas posturas mentales posibles, la elección no es difícil; lo que no se debe hacer nunca es tratar de engañarse uno a sí mismo, porque a poca facilidad que se dé, lo logrará con toda seguridad.

Muchos proyectos se ven en los que el autor parece haberse dicho: ¿Cómo tendré menos trabajo y menos complicación de cálculo?; o, por el contrario, ¿Cómo me las arreglaré para aplicar tal sistema de cálculo que me ha costado tantas noches de trabajo el aprender?; o lo del otro que ha buscado y rebuscado una excusa funcional
ilusoria para justificar una solución de cuya originalidad estaba enamorado; o, en fin, aquél que arrancó sus razonamientos con el siguiente o parecido planteamiento: aprovechando la feliz coincidencia de que tengo que hacer un puente y de que eso del hormigón pretensado parece estar de moda, voy a proyectar el puente pretensado.

Y si esto último se hace para introducir una técnica nueva, cuyo desarrollo se considera interesante, o para aprender y perfeccionar la existente con el ensayo, y se dice claramente, puede muy bien estar plenamente justificado. Lo mismo en una obra de finalidad propagandista o de tipo suntuario está frecuentemente justificada una solución antieconómica en sí e impropia en otros casos.

Pero el proyectista tiene que asegurarse siempre de que no se oculta, entre los pliegues y repliegues de su corazón, otra causa menos confesable que ponga en peligro eso que justamente se llama la honestidad profesional. A de asegurarse de que no conturba y masturba el sentido de la responsabilidad arrastrándola por senderos en los que, y sólo en ellos, adopta su acepción peyorativa.

Para ello, para dar a sus facultades todas las posibilidades de acierto, se requiere serenidad, calma para enjuiciar bien la elección con todo el tiempo y la voluntad necesarios para la autocrítica. Serenidad frente al peligro, con la aceptación previa de todas sus consecuencias, cuando está justificado el correrlo, y con todo el orgullo de su responsabilidad, porque la conciencia diga que beneficios y razones más altos obligan a ello. Precisamente eso y sólo eso es lo que valora y magnifica esta misión creadora.

Cierto que el progreso técnico no es posible, al menos en nuestra sociedad, sin el acicate del éxito personal, y bien está que el proyectista trate continuamente de superarse a sí mismo e incluso de superar a los demás. Bien está que, por elevar el prestigio nacional, aumente en unos metros la luz de un gran viaducto para ganar un “record” mundial. Pero, no deben olvidarse dos cosas: una que el valor de un record no está en esos pocos metros, sino en el salto grande, audaz y certero a la vez, que no termina en una única realización, sino que abre el camino para seguir avanzando por la nueva ruta. El “record“, en un determinado tipo estructural, no tiene necesariamente un valor positivo, y puede tenerlo negativo. Cada tipo responde a un determinado conjunto de necesidades funcionales y tiene su campo de desarrollo justificado dentro de un orden de dimensiones. Hacer, por ejemplo, una viga de alma llena de hormigón armado, superior a las existentes, es cosa fácil; si no se ha hecho ya, es porque no es económico y es preferible pasar a otro tipo de viga.
Empeñarse en excentricidades de este tipo tiene el mismo valor que el de encontrar un enano mayor que todos los conocidos hasta el día.

La honradez profesional exige, por el contrario, que, sin temer la extrapolación cuando está justificada, se evite innecesariamente; y, sobre todo, que no se inviertan los conceptos y se ponga, como finalidad de la obra, el propio lucimiento, en lugar de la economía, de la eficacia y del sincero deseo de resolver, sin vanidades alucinadoras, el problema real que se plantea.

No quiere, tampoco, decir esto que, en determinados casos y para facilitar y hacer posible un progreso técnico, no se proyecte y construya una estructura especial, sacrificando, en parte, la economía al deber que cada cuál tiene de aportar su grano de arena al acervo progresivo que le entregaron sus mayores; pero, sin engañar a nadie y menos a quién entrega el dinero para su realización. Ha de hacerse a plena conciencia de lo que se hace y después de bien meditado y de bien convencidos de que realmente vale la pena el hacerlo así. En estos casos está perfectamente justificado; y, en especial, las grandes empresas y sobre todo las estatales debieran sentir más la obligación interesada que tienen de mirar a largo plazo y con amplios horizontes, no el estrecho recinto de cada obra, sino el de la técnica nacional entera, que necesita de estos amparos para lograr su debido desarrollo.

El puente de Luçanzy, por ejemplo, no se hizo como se hizo por razones de economía cerrada en la propia obra, sino por ir abriendo el prometedor camino del hormigón pretensado, que requería continuar sus pruebas para corregir sus defectos y llegar, algún día, a conseguir economías y posibilidades entrevistas por los que, con sus ideas, su decisión y su sacrificio, elevan el prestigio de toda una técnica.

Claro está que, al lado y detrás de todo eso, el proyectista necesita unos medios económicos para vivir y desarrollar su actividad; medios económicos que, normalmente, tiene que obtener de esa misma actividad. Y como esto no depende de él solo, necesita otra serie de condiciones en este otro camino. Pero éstas son, ya, más conocidas y se requieren más o menos para todas las profesiones liberales. Aunque sólo sea para valorar su complejidad, pueden señalarse dos en las que quizás no haya pensado el lector; pero, cuya importancia enseña la experiencia de la vida. Son la ironía y la simpatía, tan al margen, al parecer, de la profesión. Sin un cierto caudal mínimo de ironía para sonreír antes las envidias y otras cosas de la vida, ésta chirría como eje sin grasa. Y conocidos son, también, muchos casos de éxito con los clientes, sólo porque la simpatía personal del técnico lograba embaucarlos a maravilla, y con gran satisfacción por su parte, mientras otros compañeros, de valor indudable, fracasaban en el intento. ¡Cosas de la vida! …; pero cosas que no debemos olvidar si queremos vivirla.

Evidentemente, el proyectista de estructuras necesita tener, aparte de un cierto sentido artístico, un profundo sentido estructural y constructivo, una afición y una disposición natural para ello; es decir, una cierta facilidad para asimilar, manejar y sopesar los conceptos que intervienen en la génesis y desarrollo del tipo estructural. Pero, esto, en gran parte, proviene de las condiciones antedichas, del estudio y de la práctica de la especialidad.

No se olvide que el estudio, es decir, el aprendizaje de la parte teórico-técnica, se inicia en las escuelas técnicas; pero la especialización, necesaria para dominar el tema, es, en todo el mundo, post-escolar.

En Europa se da poca importancia a este punto, y se ofrece desgraciadamente, con ello, una prueba más de sus tendencias individualistas. Tanto el principiante como el que no lo es, necesita organizaciones para poder completar sus estudios y discutir sus problemas, donde encontrar directrices y hasta sanas críticas; informarse de las orientaciones y caminos que los grandes maestros van marcando no sólo en su país, sino en el mundo entero; porque, por muy adelantada que la técnica pueda estar en uno de ellos, siempre se encuentran, en otros, ideas, métodos y tendencias que podrían encontrar desarrollo y mejoramiento en aquél, aún cuando sus condiciones económicas y sociales sean diferentes y marquen su sello en la forma propia de construir.

El técnico, por otra parte, necesita, para su información, de la práctica al lado de un maestro. Suele decirse que la vida es el mejor maestro. Es cierto; pero, es un maestro lento en sus enseñanzas y terriblemente caro, no sólo para el discípulo -que rara vez acepta gustosos lecciones de tal maestro -, sino para la malhadada sociedad que no le proporcione otro.

Necesita maestros a los que la sociedad preste oportunidades de desarrollar su labor con la intensidad y la continuidad necesarias para poder dar cabida a tal tipo de aprendices poco eficaces al principio. Y esto, no sólo en oficinas de proyectos, sino en la práctica de la construcción misma, porque el proyectista necesita estar muy experimentado en esa práctica. En su labor –esto es fundamental-, no sólo debe entrar el proyecto, sino la dirección e inspección técnica de las obras que proyectó, para ir, con ello, corrigiendo los defectos de su técnica de proyectista.

Ciertamente hay empresas constructoras que, en lo que va de siglo, han organizado sus cuadros técnicos con gran eficacia. En ellas puede encontrar el profesional medios sobrados de aprender todo lo que de la práctica constructiva necesita para su buena formación; pero no son ellas, por sí solas, las encargadas de crear los especialistas en las diferentes ramas de la técnica del proyectista; técnica que cada día, por extenderse y profundizarse, requiere más estrecha especialización. Las empresas constructoras trabajan, fundamentalmente, tras el interés de un beneficio comercial, que no tiene por qué ir al unísono con el interés del propietario, en cuento a economía total de la obra, o a la bondad, eficacia y belleza de la misma ni a las exigencias de avance general de un técnica.

Afortunadamente en muchos países se ha ido desarrollando, también, la misión del proyectista y del consultor en unidad independiente, con función intermedia entre el propietario y el contratista. En esta forma, la misión del proyectista queda liberada del interés directo por el beneficio de la contrata, y puede desarrollar, con más independencia, su función específica, pero, para ello, necesita conocer muy a fondo la técnica propia de la contrata, y cuidar, quizá más que si estuviese al servicio de ésta, de que su capacidad técnica y su honestidad profesional sean, en todo momento, garantía de acierto y de justicia en las relaciones entre propietario y constructor.

La técnica del proyecto estructural, aun separada del elemento constructivo, tiene hoy tanta complejidad que requiere unir especializaciones diversas en el seno de su propia organización y establecer una colaboración muy estrecha entre los diferentes especialistas; y esto, tanto más cuanto que la estructura no puede separarse, en ningún momento, del resto de la construcción.

Es demasiado frecuente que esta colaboración falle por el diferente carácter y la distinta preparación de los que han de establecerla. Este defecto se acusa especialmente entre el artista más o menos funcional y el técnico estructural. Es fundamental complementar la especialización de cada uno de ellos con las ideas básicas del otro, con sus exigencias y, especialmente, con las razones y los valores de estas exigencias y de todos los que en ella han de intervenir o han de utilizarla después.

Tras miles de años sigue impresionando la tragedia políglota de aquellos hombres que empezaron, bien avenidos, a construir una torre, y acabaron por abandonar la obra al no entenderse; seguros de que, en esta forma, ninguna puede llevarse a buen fin.

Pero es lo cierto que hoy, con menos conciencia, se hacen las obras, las más de las veces, sin entenderse desde el principio al final los que creen colaborar en ella.
Especialización y colaboración son dos conceptos complementarios que encuentran, el uno en el otro, la razón de su existencia y el valor de su eficacia. Cuando ambas se reúnen en una organización, se tiene la mejor o la única solución buena, porque ella representa tener una dirección común del trabajo de los distintos especialistas. Su cabeza rectora ha de poseer una amplia cultura técnica, aunque no tenga que ser profunda en cada especialidad; pero sí es absolutamente necesario que sea la suficiente para poder enjuiciar y ponderar las iniciativas y exigencias de los diferentes especialistas, en lo que tengan de contrapuesto; para dar las líneas directrices y, sobre todo, para infundir a toda la organización el espíritu de equipo y de confianza en el éxito, esencial para ponerla en tensión y evitar todo rozamiento perjudicial a su rendimiento. Solamente en una organización de este género, con personal auxiliar bien especializado en su misión, con métodos de trabajo normalizados y, en fin, con todos los detalles que constituyen una buena organización y en los que no es cosa de entrar ahora, es posible hacer proyectos bien estudiados, seguros y económicos.

En esto, como en tantas otras cosas, ha pasado la época en que un hombre, solo, podía hacerlo todo. Ciertamente, un técnico, de buena voluntad, con una máquina de calcular y un tablero de dibujo, puede hacer un proyecto; pero, ni le saldrá todo lo bien que debiera si no tiene una práctica muy trabajada, ni menos le saldrá lo económico que quisiera, a poco que valore su trabajo personal; y fácilmente caerá en un amaneramiento que impondrá un retraso creciente de su técnica respecto a la que alcancen otras organizaciones mejor equipadas y con medios personales y económicos para estar al tanto de las nuevas teorías y prácticas.

No estará tampoco de más señalar cómo, para que el conjunto de todas estas ruedas marche y avance y para que la especialización y la colaboración puedan ser fructíferas en su camino hacia nuevos progresos, es necesario contar también con la investigación como función, en cierto modo, independiente del proyectista y del constructor, pero, en íntima relación con ellos. Se requieren unos investigadores que, con una profunda base y extensa cultura matemática, se ocupen de los últimos avances de las teorías de cálculo; otros, con base química y físico-química, para entender de los nuevos materiales; otros, de los medios auxiliares y aun de los problemas de organización, etc., etc. No es cosa de entrar, ahora, en cuántas y cuáles sean sus misiones; pero, es evidente que una rueda, esencial en el conjunto, es el investigador.

Y, por último, el proyectista, como todo artista –porque arte es esencialmente esta técnica- necesita ser comprendido por la Sociedad que le envuelve; al menos por la profesional que más directamente le rodea; pero, a ser posible, por el más amplio círculo de la sociedad entera; de eso que se llama el público y que no es sólo el anónimo y vulgar, sino también el propietario, el usuario, el banquero, los directivos de las organizaciones públicas, el crítico, no sólo de arte sino también de técnica, etc., etc., porque nunca se ha desenvuelto un gran arte en un pueblo insuficientemente cultivado para apreciarlo.

La prisa de la nueva vida actual, y el impresionante desarrollo de sus técnicas, han alejado nuestra sociedad de aquel entusiasta asentimiento con que, en otras épocas –clásica, gótica o renacentista-, el pueblo todo y, en particular, sus minorías selectas se interesaban y se deleitaban, no sólo con el aspecto de sus grandes construcciones, sino con los problemas que en ellas se encerraban y sus maestros habían resuelto.
Aún se escribe mucho –si bien se lee menos- del Arte y de su historia; pero queda un largo camino que andar todavía hasta que se comprenda cómo en la construcción se encierra otro género de arte, el más amplio, que abarca, no sólo el arte puro, sino también el más real que intrínsecamente acompaña a la técnica; y que la misma percepción estética no se completa sin la comprensión de las causas esenciales que dan a la obra su perfección a través de la eucrática combinación estática de todos sus elementos, y de su lógico y orgánico funcionar resistente.

Y esta técnica –hoy que precisamente la cultura media es más elevada que nunca-, no es esotérica ni abstrusa en cuanto a la valoración cualitativa de sus funciones estático-resistentes, como ha podido apreciarse a lo largo de estas páginas. Es fácil de entender y de sentir a poco esfuerzo de reflexión que en ello se ponga. Lo que falta es, simplemente, la divulgación que atraiga el interés de las gentes que no se dedican a este género de trabajos, y la conciencia, en el espíritu de los que lo cultivan, de que esa comprensión exterior sería una ventaja para todos y, en especial, para ellos mismos.

» Razón y Ser de los Tipos Estructurales». Última Edición: Ed. CSIC, 1991)


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